lunes, 17 de septiembre de 2007

Xi'an

Recogimos los equipajes y salimos del aeropuerto en busca del autobús que nos llevaría al centro de la ciudad. Fue fácil de encontrar, ya que estaba en la misma puerta. Pagamos el billete (25 yuanes), y en unos 45 minutos llegamos al destino, muy cerca de la torre del tambor, en el centro de Xi’an. Seguía lloviendo, así que sacamos los paraguas, un mapa que habíamos conseguido en el aeropuerto y las indicaciones que teníamos del hostal para llegar a él. En cuanto nos vieron mirar el mapa, las chicas que gestionaban los billetes del autobús en el que habíamos llegado se dispusieron a ayudarnos. Nos indicaron la dirección en que debíamos andar y nos dijeron que llegaríamos en cinco minutos.
Efectivamente, el hostal estaba cerca. Era el Han Tang Inn. La habitación triple nos costó 210 yuanes. Llegamos al hostal, hicimos el check-in y nos apuntamos a una excursión para ir a ver al día siguiente los soldados de terracota y el pueblo neolítico de Bampo. Esta excursión nos costó 160 yuanes, y ya que la entrada a los soldados de terracota costaba 90 y te llevaban en autobús, nos pareció buen precio. Además, nos dieron los billetes de tren para el día siguiente a Beijing, que había comprado por Internet, en China Trip Advisor, y había puesto que me los enviaran ese mismo día al hostal.
Dejamos las cosas en la habitación y fuimos al bar del hostal a tomar algo y descansar un poco. Aprovechando que allí mismo tienen tres ordenadores con acceso gratis a Internet, revisamos el correo y yo llamé a casa con el Skype.
Después de esto, decidimos ir a comer. Salimos a la calle y fuimos al barrio musulmán (muy cerca del hostal), y entramos al primer restaurante que vimos. Después de comer, dimos una vuelta por el barrio y por un mercadillo que hay entre sus calles, sin comprar nada.



Después de dar una vuelta por la torre del tambor y de la campana, echamos una ojeada al mapa y decidimos ir a la Gran Pagoda de la Oca Salvaje. Para ello paramos un taxi y subimos. Yo iba en el asiento delantero, así que enseñé al taxista el mapa (en chino e inglés), y le señalé la pagoda. El hombre comenzó a dar vueltas al mapa y a decirme cosas en chino. Como no le entendía, lo repetía más alto. Cuando se dio cuenta de que no le iba a entender, abandonó el taxi corriendo con el mapa en la mano. Al cabo de un minuto volvió contento, suponemos que alguien le había explicado a dónde queríamos ir. Tras una carrerita de unos veinte minutos con la forma típica de conducir del país, llegamos a la pagoda y pagamos lo que indicaba el taxímetro (10 yuanes). Nos dirigimos a la taquilla y pagamos los 25 yuanes de la entrada. Vimos que cerraban a las siete de la tarde, así que no disponíamos de mucho tiempo. Tras un buen rato recorriendo los jardines y edificios que hay en el recinto, nos dimos cuenta de que se aproximaba la hora de cierre, y de que estábamos solos (además de nosotros, sólo quedaban monjes), así que nos dimos prisa para salir.



Después de la pagoda, y dado que el día se acababa, volvimos al centro y fuimos al bar del hostal a descansar un poco, con la intención de salir a cenar después. Allí entablamos conversación con un chino muy majete llamado alex (por supuesto es su nombre en inglés, su nombre chino resulta impronunciable para mi). Nos dijo que acababan de estar haciendo raviolis y que estábamos invitados a probarlos. Nos armamos con los palillos y nos sentamos a la mesa. Como había muchos raviolis y poca gente, ya cenamos allí. Mientras tanto, Alex nos contó que era un estudiante de Hanzhou y que estaba de vacaciones. Cuando le dijimos que íbamos a ir a su ciudad en una semana, se ofreció para quedar con nosotros y hacer de guía. Nos dio su correo electrónico y quedamos en escribirle.
Después de esta cena, salimos a dar una vuelta para, además de conocer la ciudad de noche, intentar tomar algo en algún bar o pub. Así fue como llegamos a una especie de pub en el que había música en directo.Tomamos tres cervezas, y cuando nos disponíamos a pedir la segunda ronda, Miguel dijo que prefería cocacola, así que pedimos al camarero dos cervezas y una cocacola. Como no entendió la parte de la cocacola, lo intentamos de diversas maneras: “coke”, “coca-cola”, “coca”... Llegados a este punto, el camarero puso cara de susto y nos dijo que allí no había de eso… así que lo dejamos en dos cervezas y Miguel se quedó sin su cocacola.
Sobre las 10 de la noche, salimos del bar y volvimos poco a poco hacia el hostal.



3 comentarios:

Pablo dijo...

Me ha molado el viaje-blog. A ver si repetís para el resto tb.

Enrique dijo...

Todavía queda mucho por contar de China.

El profeta Azul dijo...

mira que pedir una coca cola maricon, te tendrian que haber denetino y expulsado a nepal por traidor